¿Hay algún sonido que defina el alma de Estados Unidos? No es el pop prefabricado de los comerciales de comida rápida, que tanto aman con locura, ni los ritmos electrónicos virales y desechables. Es un rugido de guitarra ruda, un ritmo constante que se siente como el motor de un camión recorriendo la Ruta 66 y una voz desgarrada que suena a sudor, esfuerzo y libertad.
Si el Super Bowl es el evento definitivo de la cultura estadounidense, el espectáculo de medio tiempo no debería buscar artistas que no la representan o que representan lo peor de ella. Debería mirar hacia sus raíces. Debería convocar al arquitecto de uno de los sonidos más puramente americanos que existen.
La banda sonora del emparrillado
Para entender por qué este misterioso ícono es la elección perfecta, solo hay que encender la televisión. Su música se ha ido ligando de forma orgánica al fútbol americano y al cine que lo celebra. Cuando Hollywood quiere filmar la jugada perfecta, el entrenamiento bajo la lluvia o la mística de un estadio iluminado un viernes por la noche, recurre a sus canciones.
¿Han visto alguna vez a Adam Sandler reclutar convictos en The Longest Yard mientras suena ese compás que parece diseñado para convencerte de que el siguiente en aparecer en pantalla le va a patear el trasero a alguien? ¿O se han dado una vuelta al cine de la esquina para sentir la nostalgia del fútbol de preparatoria en Remember the Titans, donde su banda sonora captura a la perfección la esencia del sur de Estados Unidos, la camaradería, la lucha contra la adversidad y todos esos ingredientes que Hollywood utiliza cuando quiere recordarnos que los deportes supuestamente también sirven para unir a la humanidad?
Ahí aparece su música.
Y no es una casualidad. Su catálogo lleva décadas formando parte de películas, programas de televisión, estadios y de esa enorme colección de imágenes que los estadounidenses utilizan para explicarse a sí mismos quiénes son.
El regreso triunfal de una leyenda
Durante décadas, este genio vivió una de las mayores injusticias de la industria musical, atrapado en una amarga disputa legal que le impedía controlar plenamente sus propias creaciones, aquellas que escribió durante la época en la que lideraba a una mítica banda originaria de El Cerrito, California.
Una pequeña ironía para alguien que escribió canciones sobre la libertad y la injusticia.
Sin embargo, la justicia llegó. Tras una batalla de casi 50 años, en 2023 finalmente adquirió una participación mayoritaria en los derechos de publicación mundial de sus canciones.
A sus 81 años, lejos de retirarse a descansar —si alguien conoce el secreto para conseguirlo, que me lo pase; a mis 20 años ya quisiera el descanso eterno—, ha celebrado esta victoria saliendo a la carretera. En 2026 continúa con su Legacy Tour, recorriendo escenarios y tocando canciones que fueron escritas hace más de medio siglo y que suenan tan bien como siempre, si no es que mejor. Verlo en vivo hoy es presenciar la historia viva del rock.
El artista perfecto
Es momento de desvelar el secreto, aunque muchos probablemente ya lo adivinaron. Estamos hablando, por supuesto, de John Fogerty, el líder de Creedence Clearwater Revival.
Nadie personifica mejor el espíritu de Estados Unidos que Fogerty. Su obra atraviesa los pantanos de Luisiana, la guerra, la clase trabajadora, los autos, las carreteras, los pequeños pueblos y esa mezcla de orgullo, nostalgia y contradicciones que forma parte de la identidad estadounidense.
Su música es tan estadounidense como el pastel de manzana, los muscle cars y, precisamente, el fútbol americano.
Sentar a John Fogerty en el trono del medio tiempo del Super Bowl sería un homenaje necesario y urgente. El tiempo es implacable y, por pura ley de vida, no tendremos a esta leyenda entre nosotros para siempre. Dejar pasar la oportunidad de coronar su renacimiento musical en el escenario más grande del planeta sería un error histórico.
Imaginen el escenario a oscuras. De pronto, un reflector ilumina el centro del campo. La calma antes de la tormenta. Arranca ese riff icónico que nos advierte que se acerca una luna mala en el horizonte. El estadio estalla.
Luego, el ritmo se vuelve pesado, obrero, recordándonos que hace falta ser hijo de un millonario o afortunado para asistir al Super Bowl. Para cerrar, miles de linternas se encienden mientras la música fluye suave y poderosa, como una lluvia que cae en un día soleado.
El espectáculo de medio tiempo ha tenido actuaciones memorables, otras extrañas y algunas que uno preferiría borrar de la memoria. Cada año parece existir una carrera desesperada por encontrar al artista más viral del momento, y que al final sea el más decepcionante.
La NFL no necesita más fuegos artificiales, artistas de plástico ni coreografías milimétricas con 3,500 bailarines, necesarias para que el público olvide que la voz del artista en turno suena peor que la alerta sísmica. No necesita convertir el emparrillado en una pista de baile gigantesca para convencernos de que estamos presenciando algo histórico.
Necesita verdad, nostalgia y rock and roll en su estado más puro.
Necesita a John Fogerty.

